Sabes, hoy recordé a mi papá.
Mi papá se llamaba Nery. Murió hace cuatro años. Y aunque ya soy un hombre adulto, con esposa, hijos, trabajo, responsabilidades y suficientes problemas como para saber que hace mucho dejé de ser un niño, hay días en los que daría cualquier cosa por volver a serlo durante cinco minutos.
Hoy fue uno de esos días.
No necesitaba que mi papá resolviera mi vida. Quizá ni siquiera habría podido hacerlo. Solo quería poder sentarme a su lado y decirle: «Viejo, tengo un problema. No sé qué hacer. Ayudame a pensar».
Mi papá era contador. En parte yo terminé estudiando lo mismo porque era lo que tenía cerca y porque sabía que, si alguna vez no entendía algo, podía preguntarle. Con los años descubrí que eso iba mucho más allá de la contabilidad. Él era esa persona a la que uno acudía buscando un poco de luz.
No fue un hombre perfecto.
Y me alegra poder escribirlo.
Tuvo una vida complicada, tomó buenas y malas decisiones, se equivocó, hizo sufrir y seguramente sufrió mucho más de lo que alguna vez nos contó. Conforme pasan los años he dejado de recordar solamente a «mi papá» y he empezado a descubrir a Nery: el hombre que existió mucho antes que yo.
Ahora que lo pienso, a mi papá le gustaba enseñar.
Tal vez por eso, cuando se jubiló y descubrió que tenía tiempo —y Facebook—, se convirtió en uno de esos señores que podían escribir un ensayo completo debajo de cualquier publicación. Normativas, cooperativismo, problemas del país, una opinión cualquiera o simplemente unas palabras de aliento para alguien.
Todavía encuentro algunos de esos comentarios.
Y los leo.
Siempre los leo.
Porque por unos segundos puedo escuchar nuevamente a mi papá.
También era maravilloso con los niños. Lo recuerdo con mis primos y después pude verlo con sus nietos. Sabía jugar con ellos, leerles, conversarles y convertirse por un rato en uno más.
Cuando nació Matheo, mis papás viajaron para conocerlo. La primera vez que Nery cargó a su nieto, el pañal estaba mal puesto y Matheo terminó orinándolo.
Me encanta que uno de sus primeros recuerdos como abuelo haya sido ese.
Después, cuando visitábamos San Pedro Sula, él y mi mamá se llevaban a Matheo a comer y casi siempre terminaban comprándole un globo. Tengo fotografías de ellos jugando y leyendo juntos.
Isabella tuvo menos tiempo. Tenía poco más de dos meses cuando murió su abuelo.
Y quizá una de las razones por las que escribo esto sea ella.
Tal vez algún día estés leyendo esto, Isa. Tal vez también tú, Matheo.
Quiero que sepan que su abuelo Nery los amó. Matheo tuvo la suerte de conocerlo y algún día quizá recuerde cosas que yo ya haya olvidado. Isabella tendrá que conocerlo principalmente mediante nuestras historias.
Por eso quiero conservarlas.
Hoy recordé a mi papá porque tengo problemas.
Problemas de adulto. De esos que uno supone que a cierta edad debería saber resolver solo. Y descubrí nuevamente que no importa cuántos años tenga: hay una parte de mí que sigue siendo el niño que quisiera buscar a su papá cuando no sabe qué hacer.
Hace muchos años, cuando atravesé uno de los dolores más grandes de mi juventud, mi papá me dijo algo que nunca olvidé:
«A pesar de todo lo que yo he pasado, no sé lo que estás pasando tú. Pero aquí estoy si quieres llorar».
Hoy comprendo mucho mejor esas palabras.
Mi papá había pasado por muchísimo. Y aun así no intentó explicarme mi propio dolor. No quiso arreglarme. No me dijo que fuera fuerte.
Simplemente estuvo.
Hoy quisiera que estuviera.
Mi fe me dice que está bien. Creo firmemente que Dios no nos abandona en nuestros momentos difíciles y que, muchas veces, cuando sentimos que todo pesa demasiado, Él está incluso más cerca.
Pero la fe no elimina la nostalgia.
Extraño a mi papá.
Extraño poder preguntarle algo. Extraño saber que está allí. Extraño incluso las cosas que probablemente me desesperarían si todavía estuviera aquí.
Y hoy, mientras intento ser esposo, padre y el hombre que mi familia necesita, comienzo a comprender algo que de niño nunca entendí: probablemente Nery tampoco tenía todas las respuestas.
Tal vez muchas veces también tuvo miedo.
Tal vez estuvo cansado.
Tal vez hubo noches en las que no sabía cómo iba a resolver el día siguiente y aun así se levantó y continuó.
Y, sin darse cuenta, terminó convirtiéndose en nuestro faro.
La semana pasada se cumplieron cuatro años desde que murió.
Cuatro años parecen mucho hasta que uno necesita a su papá.
Entonces parecen ayer.
Si algún día mis hijos leen esto, quiero que sepan algo más: si alguna vez llegan a tener cuarenta, cincuenta o sesenta años y todavía sienten que necesitan a su papá, háganlo.
Necesítenme.
Búsquenme mientras esté aquí. Llámenme. Cuéntenme sus problemas. Y si algún día ya no estoy, recuerden mis palabras, mis errores, mis tonterías, las veces que jugamos, los lugares a los que fuimos y hasta aquellas cosas mías que hoy les molestan.
Porque hoy entendí que uno nunca deja completamente de ser hijo.
Y que, algunas veces, recordar a papá también es una manera de volver a casa.




0 comentarios:
Publicar un comentario